El Salto

¡Qué horas más increíbles que pasé! Nunca creí que fuera capaz de dar ese gran salto.


Un salto que transformó mi deseo en lujuria. 24 horas llenas de locuras inimaginables.


Estábamos drogados y algo bebidos, y terminamos en un apartamento los seis, en una séptima planta de un edificio súper lujoso de Buenos Aires, las vistas eran asombrosas, la ciudad completamente iluminada. El apartamento tenía un salón enorme, las paredes eran de un gris piedra, lámparas de bronce y tulipas de cristal. Los cuadros abstractos eran muy coloridos y los dos sillones eran de color fucsia, tenía cojines de varios tamaños y colores, negro, gris y blanco. Vamos, un lujo total.


Abrimos otra botella de champagne y nos tomamos otra pastilla de éxtasis cada uno.


Estábamos de celebración total, la actuación nos había salido de puta madre, habíamos presentado un show inédito.


Sobre esos sillones nos pusimos cómodos todos, 4 strippers, un travesti y yo, que soy transformista. Entre risas y brindis se empezaron a quitar la poca ropa que llevaban.


Hacía calor, no sé si por el clima, el éxtasis o el champagne, pero hacía mucho calor. En cuestión de minutos ellos cinco estaban desnudos. Yo todavía llevaba el vestido negro de la actuación.


Levanté la vista y los observé a cada uno, mi mirada eran llamas que quemaban, me fui acercando a cada uno de ellos para acariciarlos, tocar sus cuerpos llenos de aceite, brillaban como una laguna a la luz de la luna, y no me pude resistir.


Mis órdenes fueron claras y precisas… “tóquense, acaríciense, bésense”…


Yo los miraré y les dije: …”cuando estén preparados para mí, serán míos y ya no habrá vuelta atrás”…


Ellos se lo estaban montando mientras yo me acariciaba mi miembro, preparándolo para cuando fueran míos.


Uno de ellos se levantó y me trajo una botella de lubricante, la abrí y me impregné del olor a rosas, inhalé profundamente y me acerqué al hombre de la derecha, lo puse a cuatro patas y unté su ano de líquido, acto seguido le metí un dedo, y después otro, estaba muy caliente y no me costó mucho comenzar a follarme al primero de ellos.


Al principio entraba y salía despacio, para luego darle con más fuerza. Sus gemidos hicieron que los demás observaran como le estaba dando.


Los ojos de dos de ellos brillaban de deseo, esperaban ansiosos su turno.


El gemido que emitió al correrse fue escandaloso, y salí de él para dirigirme al siguiente. Esta vez lo acosté en el respaldo del sofá, dejando su redondo culito en pompa.


Le indiqué al tercero que le metiera la polla en la boca para que se la chupara, mientras yo lo preparaba para darle por atrás. No tardó mucho en correrse, fue rápido y violento. Le día más fuerte que al primero.


El tercero ni bien retiró la polla de la boca del segundo, se puso en posición para darle, no me hizo falta darle ninguna indicación. Él solito se puso el lubricante, se abrió para que pudiera darle con ganas.


A mí el éxtasis me estaba haciendo durar, no quería correrme hasta follarme al último.


Y así fue, me folle al cuarto y cuando estaba a punto de ir a por el quinto, les indiqué a los dos primeros que me lo sujetaran.


Después de terminar de prepararlo, entré despacio, suave como la seda, él gemía y gemía… todos miraran la escena y yo sin poder aguantar más, aumenté el ritmo. Mis embestidas eran estocadas certeras, fuertes y directas al centro de su placer.


Mi cuerpo estaba en completa sincronía con el de él. Los latidos de mi corazón eran cada vez más rápidos, y las venas de mi polla estaban gordas e hinchadas.


Sabía que estaba a punto de correrme, sólo me hizo falta darle la orden para que se uniera a mí. Cerré los ojos, lo embestí una última vez y me descargué dentro de él. Los dos gritamos al unísono.

Poco a poco fuimos calmando nuestras respiraciones, y quedamos los seis entrelazados y agotados sobre los sillones.


Nos quedamos dormidos unas dos horas, después de ese primer asalto.


Fueron las primeras 4 horas de las 24 que compartimos.


Imaginen las siguientes…


Fue todo un inesperado y excitante SALTO hacia la lujuria y el deseo de nuestros cuerpos.


Noelia Linbood.

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