Te presto a mi mujer

Nunca pensé que podría llegar a prestar a mi mujer, la monogamia era lo único que conocía, hasta que una noche me desperté agitado, sudando y gimiendo, abrí los ojos y allí estaba mi mujer mirándome con los ojos muy abiertos y cachonda… ¿os lo podéis imaginar?


Me quedé mirando su rostro, sus ojos, y sus pezones erguidos, acaricié su mejilla, cuello y descendí hasta su ombligo y ella saltó sobre mí como una loba encelo.


Hicimos el amor… mejor dicho follamos como nunca antes lo habíamos hecho.


Nos tocábamos, nos besábamos y nos sobábamos frenéticamente, ella me arañaba la espalda con cada succión de mi boca en sus pezones, estaban como pequeñas rocas. Fuimos calentando a una velocidad espeluznante. Era una sensación rarísima, porque cuanto más la tocaba más se encendía, no tenía ni idea que el sexo con la mujer que amo podría llegar a ser tan excitante , apasionado y loco.


Metí mis dedos en su coño estrecho y estaba completamente jugoso para mí, así que no lo dudé ni un momento y la empalé de una sola y certera estocada, y gimió fuerte, no una, ni dos, sino varias veces.


Cuanto más la penetraba, más gritaba y más me enardecía yo. Ni siquiera todo el deporte de riesgo que he realizado en mi vida me proporcionaba el subidón de adrenalina que me proporcionaba follarme a mi mujer de esa manera.


Cuando estaba por correrse me dijo que le encantaría que la compartiera a otro hombre, y así mi fantasía cobraba vida, mientras su coño apretaba mi polla.


Por mi mente pasaron las imágenes más exultantes de mi vida, yo follándome a mi mujer así y cuando hiciera que se corriera varias veces, le derramaría toda mi caliente leche en su interior.


Ella quedaría empapada literalmente por todos lados, prendida fuego en su interior y mojada en sudor por fuera.


Me levantaría para admirarla y limpiarla, y luego indicarle con voz profunda al hombre que está en la habitación observándonos… “te presto a mi mujer”…


Noelia Linbood.

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